Fotos de El Patio de Atras

http://teatroycultura.blogdiario.com/img/El_Patio_de_Atras.jpg El patio de atras

 

http://teatroycultura.blogdiario.com/img/Publico_en_Teatro.jpg 

20 años, al contrario del tango, es un montón de tiempo

Hace exactamente veinte años, de la mano de Oscar Quiroga, y junto a una gran cantidad de compañeros, se realizó Teatro Libre. Una experiencia de creación que instaló definitivamente la dramaturgia posdictadura en Tucumán.
Hace unos meses, mudándome, tuve que seleccionar y elegir qué recuerdos guardar. Hacía mucho que no me ponía en ese apuro. Tenía en mi casa, guardadas y preservadas, casi todas las cosas que pertenecieron a los distintos trabajos que realicé junto al grupo Propuesta (1980- 1992) y La Murguita de Pepino el 88 (1992-200?).
Plantado ante la imposibilidad de guardar todo lo que había acumulado hasta entonces, tuve que desacerme de unas cuantas cosas..., entre ellas algunas que movián recuerdos imborrables.
Me dio cierto escozor tirar alguna ropa. Particularmente una camisa verde pintada con aerosol que utilizó Pablo Parolo para hacer el general opresor del final de "El Patio de Atrás", creación colectiva que dirigí en el marco del Teatro Libre realizado en diciembre de 1985, hace ya 20 años.
El teatro obliga al ejercicio del pensamiento complejo. Intentar definirlo pone más dudas que certezas en las explicaciones posibles. Siendo a la vez un lenguaje y una artesanía, el teatro, utilizado para exponer ideas, ganar plata o conseguir parejas, fue definitivamente un modo de expresarme y durante un buen periodo de mi adolescencia fue un "constructo" que organizó y justificó mi propia existencia, por eso me resulta grato explicarlo argumentando experiencias personales que se sostienen en el hilván de mi memoria. Porque son esos mismos hilvanes los que sostienen la trama de mi propia existencia.
Decido entonces acometer con los recuerdos postergados y las justificaciones actuales. Decido contar pero una y otra vez los recuerdos se mezclan. Qué tendrá que ver el cigarrillo con el teatro? Pero así vienen a mi memoria las imágenes y remembranzas, en una confusa sucesión de hechos que cobran vigencia en forma desordenada. Comencé a fumar a los 12 años. Ya había hecho teatro en la escuela, y en la casa, pero nunca había sentido tanta convicción como cuando le mentí a mi madre que no, que no fumaba... Ella estaba oliendo mi aliento, así que era una jugada de cerca. El cachetazo podía venir en cualquier momento y seguro que no lo podría esquivar. Habré sido convincente? Provoqué lástima? Me perdonó recordando la edad en que ella misma fumaba? La escena fue jugada al límite, el aplauso podía estallar, pero violentamente, en mi cara. Mi vieja se fue caminando para la cocina y renegando por lo bajo, diciéndome algún que otro texto en voz alta...
Resulta que en sexto grado dejábamos solas a las chicas en la hora de manualidades. Ellas tenían bordado y varias cosas de las que hablar, cosas de mujeres. Para nosotros, para los varones, esa hora se transformó en la hora carpintería.
Pero para ir a la escuela de carpintería teníamos que cruzar las vías y de allí al fantástico mundo de los trenes había un paso. Lo mejor era cortar camino por las vías, y la fábrica de aceite abrían un universo de aventuras y olores. Los descampados que rodean las vías, hoy ocupados por los tobas corridos por la inundación en el Chaco, eran el espacio propicio para encender un pucho, toser tranquilo y pasarlo.
La soda venía en sifón de vidrio de colores con la marca esmerilada, pasaba el carro del lechero, los que tenían televisor eran ricos, los amigos se juntaban en las esquinas, no había frizzer ni teléfono celular... Yo, que dejaba a mis hermanos conversando con mi abuelo, aprovechaba esos momentos para robarle algunos puchos. Si eso no funcionaba, o no tenía cigarros, con las monedas de algún vuelto me iba hasta el quiosco, ponía cara de comprar un suelto para el abuelo, que era el único que fumaba en la familia, y así, actuando, me alzaba con un par de cigarrillos que eran la delicia de la barra de los fumadores.
Tan descarado se puso el tema en el grado, tanta ostentación aparatosa hacíamos, que una botonaza, de aquellas que supuestamente te quieren bien, fue y se lo dijo con pelos y señales a mi vieja. Así fue que Doña Eva se preparó bien, me esperó a la hora que volvíamos de carpintería, me reclamó porque volvía tan tarde y empezó a olerme de cerca.
La escena duró apenas unos minutos. Qué el olor a pucho en la ropa, que el aliento a pastilla de menta recién mascada, que me quede bien clarito que los cigarros no son para los chicos.... (y yo no soy un chico, si la Jorgelina me gusta como ninguna otra compañera me gustó antes....)
Bueno, seguro que era capaz de hacer escenas inconscientes, pero ya era muy capaz de hacer escenas concientes, una para la maestra, otra para los hermanos Paredes, otra para el quiosquero, otra para la Jorgelina, una más para mis hermanas y otra, riesgosa, para mi vieja.
Reviso los textos de Pichón Riviere y veo cómo, aunque ahora paguen entrada, sigo actuando para mis fantasmas familiares ahora transformados en público de teatro... Reviso y siento cómo me gusta el teatro por esa posibilidad de oler de cerca al actor. Pienso y leo, cuánto más intimo se puso el teatro independiente a partir de la globalización y los paradigmas posmodernos...
Volviendo a la historia del pucho y los 12 años, no habían pasado tres años más, cuando el porro tenía una legalidad hoy impensada, para que aparecieran las vocaciones actorales y otros tres más para estar trabajando en un grupo de teatro independiente.
En eso estábamos, aunque no fuera de forma conciente y varios vinos nos hubieran obnubilado el pensamiento durante un rato, cuando nos conocimos con Oscar Quiroga.
Era el año del Mundial y de la dictadura, 1978. En el 76 se me habían aclarado algunas cosas y confundido otras, quería tener formación humanista y al cambiar de escuela la violencia del golpe de estado me sorprendió con compañeros con los que no sabía de qué y cómo hablar. En el 77 comencé a hacer teatro, ya sistemáticamente, en realidad quería hacer cine, buscando un lenguaje con el cual organizar las metáforas que permitieran decir algunas cosas que de otra manera me estaban vedadas.
En el 78, digo, año del Mundial y de compañeros presos, exiliados, muertos o desaparecidos... en suma, con ausencias insólitas y temores varios, nos dábamos fuerza mutuamente con distintas compañeras y compañeros para construir un espacio que nos mantuviera vivos y nos resguardara de la locura. El pensamiento utópico fue mantener viva la brasa de una resistencia que en algún momento pudiera unir el pasado con el futuro que nos estaba vedado desde el final del gobierno de la Isabelita y López Rega. El proyecto era juntar a los compañeros que venían haciendo lo mismo en otras regiones del país y allí, de la mano de los maestros aprendí la noción de ponerle el cuerpo a lo que uno piensa y sostiene. Entonces comenzó la locura de organizar la Primera Muestra Nacional del Teatro, del interior y en el interior de país. Mitología de la FATTA (Federación Argentina de Trabajadores del Teatro Agremiados).
Imbuidos de un espíritu de resistencia cultural devorábamos, pasando de mano en mano y con la certeza de estar rompiendo las reglas, los libros más prohibidos. Pasábamos cine en la resistencia y organizábamos artimañas para juntarnos después del toque de queda. Hacíamos poesías y canciones, escuchábamos en el Winco lo que quedaba de la música progresiva, y prestábamos particular atención a todo aquel que tuviera 10 años mas que yo y hablara de cómo podían ser de distintas las cosas. El mundo supuestamente estaba dividido en bloques, la globalización y la era digital eran fantasmas lejanos...
Cuando en mi adolescencia vi que ya caminaba 70 u 80 cuadras para participar de los talleres teatrales, iluminar una escena, filmar en Súper 8 o crear un trabajo con los compañeros de Teatrika o Arteón, comencé a darme cuenta que para mi futuro las cosas no serían como soñaron mis viejos, ni ingeniero ni psicólogo. Cuando ya la idea de una Muestra Nacional de Teatro estaba instalada y corrían los tiempos para realizarla, me atrapó en su red el deseo ferviente de realizar un acto de resistencia, de fe en la trama de una cultura oculta y en unir el país teatral con un gesto.
Estaba convencido, como otros amigos los que no había ganado la propaganda del fútbol, que el Mundial 78 era un engaño y un negocio turbio. Cuando la Selección Argentina le ganó a Perú por una diferencia de más de los 5 goles, fue definitivamente increíble. La foto de la Junta festejando los goles de argentina me daban nauseas y la transa de Menotti con el proceso me repugnaba. Así que ese día en que nuestra Selección se coronaba campeona del mundo salí de poner luces en la sala y caminé por el centro, un grupo de gente vivaba a Argentina campeona, derecha y humana. Me acerqué a la esquina de Córdoba y Paraguay, donde estaba el grupo más bullicioso, escuché los cantos y miré atentamente a los que saltaban por los goles contra Holanda. Me acerque a una que saltaba contenta y que tenía un culo hermoso. Me paré atrás de ella y la apoye decididamente mientras ella seguía saltando. Y siguió saltando alegre y contenta mientras yo la apoyaba cada vez que brincaba, después de un rato le toqué el culo decididamente y como seguía saltando me alejé pensando que hubiese estado lindo voltearse a una mina que estaba así de linda pero que seguro que si estaba festejando ahí no valía la pena....
Al mes estábamos lanzados a la conquista de los espacios dónde nos permitieran hacer la muestra y producir el encuentro de compañeros. Coincidimos en el objetivo con un compañero Rodríguez que estaba vinculado la Asociación Cristiana de Jóvenes. Finalmente, con mucho esfuerzo, con plata de Néstor Zapata, con el compromiso de todo Arteón y su taller de teatro, construimos un escenario en el patio de la asociación. En la primavera, a toda máquina, unos cuantos viejos que daban cátedra a cada rato y una punta de jóvenes entusiasmados con la acción, terminamos dándole forma a la fiesta del teatro del interior.
Allí apareció Oscar Quiroga, menudo y gracioso, borrachín y explicativo, con aire de que la cosa seguía, "como entonces". Con el tiempo diría que con una actitud escrita y dirigida por él mismo.
Exportaba los personajes de una Comedia dell Arte tucumana, La María, El Uñudo y El Gauza. Difundía conceptos de Berthold Brech, extrapolados a la realidad del norte argentino y hablaba de la lucha de los compañeros caídos y de los exilados en el interior. Nos convencía a los jóvenes de que la lucha estaba en mantener viva la memoria y que la memoria sería la que vencería a esa extensa noche que fue la dictadura. Hablaba de los pequeños grupos, la resistencia intelectual, nos admirábamos de las lecturas de cada uno y aprendí allí, en ese entonces, algunos brindis que me llamaron la atención por lo ocurrentes.
En cuanto se machaba, y no hacía falta mucho, hablaba de sus hijos, de su esposa que ya no lo quería y de lo lindas y grandotas que eran las gringas del litoral argentino. Dábamos una vuelta por Rosario y no salía de su asombro. Todo le llamaba la atención y a nosotros nos entretenía su compleja posición intelectual en una provincia donde Bussi arrasó con todo y Montiel Forzano se esforzaba por aparecer como un milico culto y preocupado por la cultura. Allí, en esas noches compartidas entre vino y vino, aprendí también cuanto de guarango puede tener un artista sensible expulsado y castigado por el sistema. El hombre pequeño y flaco, retraído en sus pensamientos se tomó un vino de un solo trago y a una morocha a la que todo le parecía gracioso en la voz de un norteño, le espetó sin ningún pudor, Negra, esta noche te voy a hacer un camisón de baba...! y una seguidilla similar que nos hacía asombrar y reír sin parar.
Brech, la ideología en el teatro y el compromiso con el interior, eran la constante de las conversaciones, quedamos en que nos veíamos. Al tiempo, y lamentándonos de otros pesares, comentando de compañeros en desgracia, volvimos a vernos. La charla fue más seria, le asombraba mi capacidad para diseñar la iluminación de un espectáculo y mi compromiso intelectual desde lo que el suponía, era solo un técnico en luces. Me describía con detalles las conversaciones que mantenía con Lobito, el técnico de Nuestro Teatro y del San Martín. Describía en forma graciosa la capacidad que tenía Lobo para entenderle los efectos que pedía y nos quedábamos colgados en la ayuda que el lenguaje de la luz significaba para el teatro. Un poco más adelante, y otra vez con un vino de por medio, contó la persecución de los servicios, su versión del secuestro de Campopiano, y la vez que lo echaron del teatro al loquito de Víctor García. Más relajado se deleitaba enumerando la cantidad de traidores, al teatro, a la vida, a la militancia, a la poesía. Enterado de mi militancia en el campo nacional, popular y revolucionario, se deshacía en recomendaciones de cuidados y demás yerbas.
Nos volvimos a ver. Llevó a Rosario, y a la otra Muestra Nacional, El Guiso Caliente, una obra mas compleja que la anterior y sutilmente discepoliana. Otra serie de encuentros intensos, otros dichos, otros vinos y la pregunta de si podríamos trabajar juntos en algún proyecto y comenzamos a delinear la Muestra Itinerante del Teatro Nacional. Otros vinos y me cuenta las diferencias que mantiene con el cabronazo (y traidor) de Carlos Olivera, Director del Teatro Estable de la Dictadura. Enumera otros tantos traidores y se entretiene en contarme las anécdotas de los mendigos tirados en el desierto catamarqueño por Bussi y su comisario. Lo escucho más asombrado y veo en sus ojos, esquivos, el brillo de quién se emociona con lo que hace, crear memoria, memoria oral, pero memoria.
Viajamos bastante, vamos y volvemos de Rosario a Tucumán y de Tucumán a Rosario y allí, sostengo, y lo ven claramente nuestros compañeros, se trazaría el eje cultural de la resistencia. La resistencia a la dictadura del proceso, a la posmodernidad globalizadora y vendida, a la enajenación sistemática de nuestra cultura.
Siguió un taller sobre Brech en el teatro del interior del país, y mi deslumbramiento por su posición intelectual, solitaria, aguda y crítica. Contó entre risas el modo en que los chicos jóvenes se habían instalado en Nuestro Teatro. Haciendo gracias, poniendo apodos, tomando vino de nuevo, diciéndole barbaridades a las minas, acompañado de Quique Tossi, se explayó con y sobre las onomatopeyas que utilizaba Jorge de Lassaletta para pedir los efectos de luz sobre una escena. Ahí, en esa charla, ahora me acabo de acordar, quedamos en que intentaríamos hacer un registro de los modos en que un actor o un director piden que la luz haga algo. Ese léxico es aún una deuda.
Yo estaba trabajando con Norberto Campos y el Gupo Litoral y cuando nos volvimos a ver con Quiroga, me sentía consustanciado de un expreso mandato tácito. Convencido de un fuerte discurso ideológico había decidido hacer un par de proyectos en Tucumán y a los pocos meses me instalé en la destruida capital del noroeste argentino. Poco tiempo pasó para descubrir el rechazo y la desilusión que le producía a Quiroga mi presencia en Tucumán. Una cosa era tomar un vino y contar historias de vez en cuando y otra es tener que verse pa trabajar....
Lo acompañé como pude, en silencio y tratando de demostrarle que su ejemplo y prédica estaban vivos. Su hosquedad, un cierto ostracismo intelectual y el vino, no ayudaron.
La guerra de Malvinas, la lucha por la democracia, los nuevos espacios, fueron organizando otras aristas a la relación. La aparición de la carrera de teatro en la UNT creó un nuevo código y acercó a jóvenes entusiastas y progresistas a las filas del teatro. Ya no se trataba de Talleristas adolescentes liderados por un Tutor teatral, sino por jóvenes queriendo dar una visión científica a su trabajo artístico.
Con ellos, los mismos integrantes del grupo Propuesta y compañeros de la Facultad, participamos de la primera versión de Teatro Libre. Organizada por Oscar Quiroga, inspirada en el espíritu de las primeras muestras de la FATTA, lleno el teatro de jóvenes ávidos de un lenguaje que los exprese, se concretó la experiencia de teatro tucumano más efervescente postdictadura.
Allí, con la obstinación de muchos compañeros, se logró producir una movida sustancial. Unos cincuenta actores, diez directores y muchos artistas plásticos, maquinistas, utileros, electricistas, etc. consiguieron un acuerdo importantísimo a la luz del tiempo transcurrido. En el marco de ese esfuerzo se estrenó Limpieza, de Carlos Alsina, se proyectaron jóvenes actores y pude construir una creación colectiva con trabajos un tanto más depurados.
De ese entonces me quedan: el recuerdo sustancial del trabajo compartido con Daniel Bobillo, Pablo Parolo, Mikycho Brunetti, Sergio Aguilar, Roberto Zerda, Mirta Juan Ramón, y los hermanos Cerezo, un par de críticas, o comentarios periodísticos y las fotos de los diarios donde se hablaba de nuestro trabajo. Quedaban también algunos elementos de vestuario y parte de la utilería... ya no quedan.

Acerca de teatroycultura

Teatro y Cultura

Archivo

Suscríbete

RSS | Atom

Contacto

Contactar

Albergado en:blogdiario.com

Noticias: Noticias